El programa que protagoniza Macarena Gelman fue el primero de una
miniserie de cuatro que Encuentro estrena este mes, en el marco de los
30 años de democracia: el del próximo miércoles se centra en Carmen
Argibay, y los sucesivos estarán dedicados a Liliana Felipe y a Nilda
Fernández. Observa Cacopardo que el género, en televisión, está bastante
bastardeado: “Porque una buena entrevista requiere de un profesional
que se involucre, que trabaje y produzca –dice–. Yo formo parte de un
equipo que investiga. Más allá de estilos, hay gente que hace una visita
al género admirable, porque te aporta información, densidad en las
emociones: sentís que detrás de eso hay un piso de profesionalidad que
respeto y celebro. Y después está lo que vemos en la tele comercial, que
es lo que pondría en ese formato de bastardeo, en el sentido más básico
de poco serio, efectista, donde la verdad no interesa. En todo caso, me
pongo del otro lado del mostrador.”
¿Cuáles serían esas zonas de bastardeo, esos tics?
–Acá aparece una dimensión fundamental, la de preguntar, y eso
depende de cada persona. Doy un ejemplo, para que se entienda: una de
las entrevistas que más me conmovieron de los últimos años fue la que le
hicimos a Sonia Sánchez. Ella fue explotada sexualmente durante seis
años, pero hoy es una militante de género, y ha hecho de su experiencia
con esa violencia una militancia: tiene un discurso político muy sólido,
escribió un libro fabuloso, Ninguna mujer nace para puta, que también
se convirtió en eslogan y pintada en muchas paredes. Un punto con ella
fue cómo transitábamos el relato de esa etapa en la que ella fue
explotada y prostituida, porque por un montón de razones era un borde:
por su vida íntima, porque hoy está en otro lugar, porque es quizás un
lugar muy traumático, el infierno mismo para Sonia. Y sin embargo, y
esto lo conversamos con ella, acordamos que era necesario ponerlo en
palabras, porque tenía un sentido político hacerlo. No morbo, sentido
político, porque luego de escuchar su relato era ineludible y
comprensible su conceptualización de la prostitución, que es violencia y
explotación, y no es trabajo. Sonia se encuadra ahí; por supuesto, hay
militantes que piensan otras cosas y la definen como trabajo. Pero
entonces, ahí, tuvo sentido. Y fue durísimo. A esa especie de
disociación instrumental que los periodistas tenemos, donde vos vas
creando empatía con tu entrevistado pero al mismo tiempo mantenés una
distancia que te permite no perder conceptos de la historia, por dónde
vas y qué querés preguntar, en la entrevista con Sonia sentí que se me
iba a la mierda cuando contó cómo en un prostíbulo del sur la iniciaron
violándola 25 clientes. Y ella quiso contarlo, quiso contarlo. No podía,
se quebró, y dijo: “Carajo, voy a contarlo”. Y lo hizo.
“Me parece que con cada historia se va tejiendo cuál es el borde
–sigue Cacopardo–. Macarena, por darte otro ejemplo, está todavía
armando una historia con muchos huecos. Para tratar de ser clara: ella
habla de sus padres de crianza y de sus padres de su familia biológica,
no usa la palabra ‘apropiadores’. Ella protege mucho a su mamá, y con su
padre de crianza tiene una cantidad de dudas, interrogantes que está
desandando. También ahí hay límites, los que te impone la prudencia y la
sensibilidad, en la medida en que conocés que es el relato de una
historia muy traumática. En esos sitios se juegan las definiciones y los
bordes.”
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